Muñecas

diciembre 12, 2011

Nunca he tenido una Barbie. Su perfecta belleza me parece fría y sus medidas como… no sé, poca cosa. Una Nancy, con su melena rubia a lo ángel de Charlie, era mi inseparable compañera. Incluso cuando se le cayó la cabeza y mi madre la arregló con un tapón de corcho y unas cintas de seda -como lo oyes-, seguía jugando con ella. De su extenso guardarropa recuerdo un chubasquero color teja, con pañuelito y botas de agua a juego; un traje largo de noche de estampado psicodélico en el bajo y la bata de cola que, en un arranque de creatividad sin precedentes le tejió mi abuela.

Sí, he dicho bien, porque el modelito en cuestión estaba hecho de lana amarilla con ribetes en verde botella. Después de aquello, no hubo más incursiones de mi abuela en el mundo del diseño. Para bien. Mientras, a mí ya me había picado el gusanillo de la moda sin remedio. Hasta hoy.

Alain Delorme (c) Lilou y Anna. De su serie Little Dolls.

Alain Delorme (c) Angèle y Tara. De su serie Little Dolls.

Alain Delorme fotografía muñecas. ¿O no lo son? Este autor francés retoca sus fotografías dando a las pequeñas una apariencia artificial que las asemeja a figuras irreales en las que se condensan los estereotipos de belleza occidentales. Así, las niñas se convierten en objetos de consumo, sujetadas por manos adultas, que las muestran como productos tan “de mentira” como las coloreadas tartas que tienen delante. Además, la limpieza de la luz, la saturación de los colores y su combinación, contribuyen a crear esa apariencia de fantasía.

No en vano, el fotógrafo hace mención y relaciona su obra con los concursos de belleza infantil en los que las niñas adoptan la estandarizada apariencia y actitud de muñecas dotándolas de una feminidad que, incluso, resulta incómoda para el que mira.

Susan Anderson (c) De su serie High Glitz

Susan Anderson (c) De su serie High Glitz

Susan Anderson ha retratado este mundo a la perfección. Highglitz muestra la colorida y hortera realidad de los concursos de belleza infantiles norteamericanos, ese microcosmos delirante poblado de pequeñas barbies,  a través de sus protagonistas y los detalles que las rodean. Me horroriza y me fascina al mismo tiempo que se convierta a niñas que deberían jugar con muñecas -no convertirse en ellas- en el centro de una industria para la que hay un público.

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