Soy fan

noviembre 9, 2011

No tengo oido para la música. Y de mi sentido del ritmo, mejor no hablamos. A pesar de ello, me gustan ambas cosas. Mucho. Gracias, en parte, a que siempre ha habido música en casa. Desde que era pequeña, recuerdo pilas de cintas de casette de todos los estilos. Infantil también, pero no era lo único que escuchábamos. Por eso, y porque mi tío trabajaba en una fábrica de discos y nos traía una buena cantidad de ellos de vez en cuando, descubrimos a grupos tan dispares como Dire Straits, Simple Minds o los Beach Boys. Y a intérpretes tan diferentes como Elvis o Miles Davis.

Pero si hablamos de música, nada, absolutamente nada, ha tenido tanto impacto en mí como la imagen del primer videoclip que creo haber visto. Seguro que recordarlo (o verlo, si no lo conocéis, que me extraña) os hace sonreir. A mis escasos 13 años, me dejó boquiabierta. Un aspirador y así, sin más, Freddie Mercury entrando en escena con su tremendo bigotazo y pelucón, minifalda de cuero, piernas que-para-mi-las-quisiera, liguero, tacones y un ajustadísimo jersey rosa, reivindicando la liberación femenina. El resto de la tropa no tiene tampoco desperdicio. Transgresor, divertido, kitsch.

Pienso que Queen es la mejor banda de la historia, afirmación que, por supuesto, es discutible. Y así y todo, no me considero mitómana ni he sido nunca una de esas fans enfervorizadas. Lo más cerca que estuve de ello tuvo que ver con cierto grupo de los ochenta, pero eso es otra historia…

Ophelia Wynne (c) Underage festival.

Ophelia Wynne (c) Underage festival

El trabajo de Ophelia Wynne podría clasificarse como documento social. Sus modelos son los adolescentes, sus patrones culturales y cómo expresan su identidad a través de su aspecto físico. Son fotografías frescas, coloristas, divertidas y dinámicas, que nos hacen pensar en el joven que (afortunadamente) hace mucho fuimos.

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Un reflejo tuyo

noviembre 4, 2011

Hace algunos meses nos hicieron unas fotos institucionales. Con fotógrafo profesional, de los que llevan asistente y todo. Y pocas cosas me parecen más complicadas que mirar a cámara e intentar ser tú mismo en una situación así. Explícanos algo, te dicen. Y te pones a gesticular con la certeza de que nada bueno va a salir de allí. Mientras más expresivo, peor. Mientras más te aplicas, más difícil te resulta reconocerte luego. De hecho, no nos reconocíamos después… y no sólo por el toque de photoshop que intuíamos.

En una situación así, siempre me acuerdo de los estudios fotográficos de finales del siglo XIX, en los que el fotógrafo prácticamente sometía a tortura al modelo. El resultado eran imágenes estereotipadas, sin un atisbo de naturalidad. Una mezcla de preocupación y asombro. La incomodidad de la silla, el tamaño de la cámara, los largos tiempos de exposición y la cantidad de luz hacían de aquello una experiencia muy poco grata. Algunos modelos, poco o nada acostumbrados a su imagen, no se reconocían o no se aceptaban. O ambas cosas.

Y es que parece una tontería pero ver una imagen tuya y decir, ah, mira, soy yo y estoy muy bien, no es fácil. Hay muchas personas a las que les incomoda verse en una fotografía o en un video. Sé bien porqué lo digo. No sólo es una cuestión de autoestima. También tiene que ver con enfrentarte a cómo te ven los demás.

Jen Davis (c) Sin título 11. 2005

Jen Davis (c) Untitled 7. 2004

Jen Davis (c) Steve and I. 2006

Por eso, admiro a los fotógrafos que se autorretratan y, en algunos casos, me parecen muy valientes. Jen Davis no tiene una belleza al uso. Su cuerpo no encaja con los cánones actuales. Sin embargo, sus imágenes tienen una curiosa y melancólica belleza con las que explora su lugar en el mundo, su identidad y su dificultad para encajar. Te mira de frente, no sonríe, y sientes su incomodidad… y la tuya. Las situaciones más normales adquieren una nueva perspectiva, la que te ofrece su mirada, provocando en el que mira una especie de extrañeza, consecuencia de ese choque entre lo íntimo y lo público.

Decíamos ayer…

octubre 31, 2011

Desde que andaba preparando mi cartera han pasado muchas cosas. De todo ello me he ido enterando por esos timelines de dios. Bueno, no de todo. Lo que me habré perdido, absorta como ando en rellenar formularios, pagar tasas, recoger documentos y pelear con la administración sin perder la sonrisa, el ánimo o la paciencia. Que mira que cuesta.

Y así, de papel en papel, nos hemos plantado de nuevo en Halloween.

Quien me dedique un solo minuto de su tiempo sabe que esta festividad adoptiva no me hace muy feliz. Que no se enteren mis vecinos pero el año pasado, los primeros “truco o trato” me pillaron sin chuches en casa. Así que hubo que improvisar, echando mano de unas chocolatinas que llevaba tiempo viendo por los cajones. Sólo tras haberlas colocado en las cestitas de las brujas, vampiros, momias y zombies que llamaron a mi puerta, me di cuenta, cielosanto, de que habían caducado hacía meses. Glups.

Este año, previsora que es una, ya he preparado los caramelos. Comprobando, claro está, que la fecha de caducidad es larga. Muy larga.

 

Denise Grünstein (c) Editorial.

Denise Grünstein es una de las fotógrafas más conocidas en Suecia. Como ya la traje aquí, poco más puedo contar, salvo insistir en que sus imágenes son teatrales, misteriosas e inquietantes. Con ciertos toques surrealistas y aspecto empolvado que las hacen muy adecuadas para estas fechas.

Y no, no voy a decir que he vuelto. Nunca me fui…

Preparando la cartera

agosto 31, 2011

Aprendí a leer con poco más de cuatro años. Seguro que hubo otros antes, de hecho recuerdo un par de ellos, pero el primer libro que tengo conciencia de haber leido fue “Platero y yo”.

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro

Sí, en el parvulario. No sé qué pensaron en el colegio al escogerlo porque, a pesar de que he olvidado los detalles, tengo muy presente la enorme tristeza que me produjo aquella lectura. A pesar de ello, mi seño Mamen y mi seño Vicky (aquella rubia que olía siempre a Poison de YSL) supieron despertar un amor por la lectura que aún dura.

Algo más mayor, no mucho, abrieron un biblioteca municipal en los bajos de mi casa. Habré pasado horas en aquel sótano con olor a humedad en el que estaba la sección de literatura juvenil: comics de Astérix, Tintín, El pequeño Nicolás, Julio Verne, Guillermo el travieso… En algún momento había leído todos los libros de la sala. Pero las lecturas que recuerdo con mayor cariño son las de Enid Blyton. Los cinco, claro; pero mis favoritas eran, sin duda, las series de Santa Clara y Torres de Malory que me hacían desear estudiar en un internado inglés y aprender a jugar lacrosse. Series reeditadas en preciosos tomos que vi el otro día en la Fnac y que piden con ojillos implorantes que me las lleve a casa como autoregalo.

David Williams (c) De su serie From no man´s land. 1985.

Me he acordado hoy de todo eso por las fotografías de David Williams, con quien empecé el verano que se acaba mañana. Este fue uno de sus primeros proyectos, al que dio forma durante varios meses en Saint Margaret School for girls en Edimburgo, durante 1984. La galería es tan extensa y coherente que resulta difícil escoger sólo una imagen. Superada la idea de que se trata de un extenso catálogo de retratos ochenteros, resulta muy interesante la profundidad psicológica de las fotografías y la rigurosa documentación del paso de la niñez a la adolescencia.

Y me he acordado de esto también porque mañana, un año más, yo también empiezo el cole y, como cada año, no sé qué me traerá este nuevo curso que empiezo con insomnio y un pellizco en el estómago. Exactamente igual que como cada año, desde que llevaba cartera y los libros nuevos forrados con plástico transparente.

Están para comérselos

agosto 27, 2011

Sin duda, el sabor del verano que va acabando ha sido el de brioche de naranja. Lo preparan en La Gelateria, muy cerquita de casa. Pero donde mejores helados he comido no ha sido ahí sino en Los Valencianos, en La Antilla. Quizá los sabores sean más clásicos pero sus helados son cremosos, suaves y conseguidos. Como en ningún otro sitio que conozco. Y soy golosa.

Toyokazu Nagano(c) I scream

Toyokazu Nagano(c) Afro girl with cotton candy.

Toyokazu Nagano es japonés, fotógrafo y padre de familia. Cada una de esas tres cosas es importante en el tipo de fotografía que hace. Son imágenes familiares, de sus hijas, pero muy especiales. Son dulces, encantadoras, cándidas. Captan a la perfección la inocencia de la infancia y sus pequeños gestos. De asombro, ante el helado más grande del mundo, de aburrimiento por una tarde en casa, de ilusión por una situación inesperada, de diversión durante un juego, de picardía pensando en la siguiente travesura… Las pequeñas modelos no pueden ser más expresivas, ni más adorables.

Pero ¿Será el fótografo o sus niños? ¿Quién tiene más mérito?

Hideaki Hamada (c) Camera life#3. 2010.

Porque las fotografías de Hideaki Hamada , que también ha decidido documentar el día a día de sus hijos y compartirlo, son de concepción y resultado similares. Y hace tiempo fueron muy comentadas las alocadas composiciones que Jason Lee prepara con sus hijas.

Jason Lee (c) Wash your mouth out.

Estos particulares álbumes de familia parten muchas veces de ideas sencillas. Y, normalmente, el mensaje es simple y directo pero, casi siempre, el derroche de imaginación con el que se preparan y el amor que transmiten llegan con enorme fuerza y son universales. Hacen sonreir y emocionan. Te hacen pensar con nostalgia tu infancia más feliz. ¿Quién no se recuerda saltando en el sofa, comienzo algodón de azúcar o fastidiando a su hermano?

Respecto a mis fotografías familiares, por aquello de la privacidad, no creo que me sintiera muy cómoda mostrándolas en la red; siempre pienso dos veces qué digo de mí antes de enseñar algo personal o que me importe especialmente. Pero también es cierto que las fotografías que hago no se parecen demasiado a estas.

Photodonuts es una fuente de inspiración inagotable.

Arrugas

agosto 24, 2011

Me tomo muy en serio lo de cuidarme el contorno de ojos. Cremita mañana y noche. Todos los días. Y me dice la de la perfumería que lo que necesito ahora es un producto lifting. Como lo oyes. Y tú una ortodoncia y buenas dosis de diplomacia, chata, he pensado. Menos mal que una es muy educada porque a ver cómo asumes eso con los cuarenta cumplidos hace dos días, como quien dice.

Eso y que, en el fondo, lo cierto es que a determinadas edades la gravedad comienza a hacer de las suyas. Y es así, te pongas como te pongas.

Emily Stein (c) Dillys Hughes, 78, hairdresser.

Emily Stein (c) De su serie The grown up.

Emily Stein (c) De su serie The grown up.

Seguro que los mayores de Emily Stein no han pasado por el quirófano y dudo mucho que se preocupen por ello. Son naturales, extravagantes y muy “de verdad”, sin complejos. Como la mayoría de los personajes que pasan por sus fotografías en poses divertidas, desafiantes y tiernas.

No parecen fotografías muy preparadas ni de técnica depurada pero hay que reconocer que sabe mirar (y cómo), que elige sus modelos con gran acierto y que tiene un increíble sentido del humor.

Tanto, que no creo que pase nada por olvidarse de lo del lifting… de momento.

¡Oh, cielos!

agosto 18, 2011

Nunca he entendido la avioneta que, verano tras verano, sobrevuela la playa a baja altura, con la habitual pancarta en la que se lee el logotipo de una marca (casi) desconocida. Y nunca he sentido el interés de saber qué anuncia o que vende. Así que no sé si el anuncio en cuestión sirve para algo desde el punto de vista publicitario.

Pero se me ocurre que, quizá, en alguna de esas avionetas a las que niños (y no tan niños) saludan con la mano va algún fotógrafo, con su cámara y su teleobjetivo.

Massimo Vitali. Amadores. 2004.

Massimo Vitali. Onda 2. 2006

Massimo Vitali es  un fotógrafo italiano (¿alguien lo dudaba?) de reconocida y extensa trayectoria. Comenzó trabajando como fotoperiodista y, tras colaborar con agencias en toda Europa, empezó a prestar atención a la cámara como elemento de búsqueda artística.

Su serie de playas muestra multitudes veraniegas que resultan muy familiares. Sin embargo, el punto de vista elevado ayuda a eludir la sensación de agobio que se tiene a pie de ola y empequeñece la escena, como restando importancia a lo que muestra.

Massimo Vitali. Rosignano. 2004. (díptico)

Sus imágenes llenas de luz, casi decoloradas, que recuerdan a las postales de las tiendas de souvenirs, parecen juzgar a un más que amplio catálogo humano. Grupos que proporcionan textura a la imagen y, al mismo tiempo, sujetan al espectador (¡lo que nos gusta mirar!) que no puede evitar detenerse en numerosos detalles que, contando sencillas historias, componen un gran mosaico en el que nada parece ocurrir.