Un reflejo tuyo

noviembre 4, 2011

Hace algunos meses nos hicieron unas fotos institucionales. Con fotógrafo profesional, de los que llevan asistente y todo. Y pocas cosas me parecen más complicadas que mirar a cámara e intentar ser tú mismo en una situación así. Explícanos algo, te dicen. Y te pones a gesticular con la certeza de que nada bueno va a salir de allí. Mientras más expresivo, peor. Mientras más te aplicas, más difícil te resulta reconocerte luego. De hecho, no nos reconocíamos después… y no sólo por el toque de photoshop que intuíamos.

En una situación así, siempre me acuerdo de los estudios fotográficos de finales del siglo XIX, en los que el fotógrafo prácticamente sometía a tortura al modelo. El resultado eran imágenes estereotipadas, sin un atisbo de naturalidad. Una mezcla de preocupación y asombro. La incomodidad de la silla, el tamaño de la cámara, los largos tiempos de exposición y la cantidad de luz hacían de aquello una experiencia muy poco grata. Algunos modelos, poco o nada acostumbrados a su imagen, no se reconocían o no se aceptaban. O ambas cosas.

Y es que parece una tontería pero ver una imagen tuya y decir, ah, mira, soy yo y estoy muy bien, no es fácil. Hay muchas personas a las que les incomoda verse en una fotografía o en un video. Sé bien porqué lo digo. No sólo es una cuestión de autoestima. También tiene que ver con enfrentarte a cómo te ven los demás.

Jen Davis (c) Sin título 11. 2005

Jen Davis (c) Untitled 7. 2004

Jen Davis (c) Steve and I. 2006

Por eso, admiro a los fotógrafos que se autorretratan y, en algunos casos, me parecen muy valientes. Jen Davis no tiene una belleza al uso. Su cuerpo no encaja con los cánones actuales. Sin embargo, sus imágenes tienen una curiosa y melancólica belleza con las que explora su lugar en el mundo, su identidad y su dificultad para encajar. Te mira de frente, no sonríe, y sientes su incomodidad… y la tuya. Las situaciones más normales adquieren una nueva perspectiva, la que te ofrece su mirada, provocando en el que mira una especie de extrañeza, consecuencia de ese choque entre lo íntimo y lo público.

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