Camuflaje

marzo 30, 2011

Hubo un tiempo en el que era muy común encontrar cámaras fotográficas en objetos de uso cotidiano.  Anillos, por supuesto, pero también binoculares, adornos de corbata, relojes de bolsillo, bolsos de noche, puños de bastón, encendedores y, por imaginar, hasta se construyó una escopeta para ir de caza… fotográfica.

El desarrollo de la placa seca, primero, y la aparición de la película negativa en rollo, después, gracias a George Eastman, facilitan el trabajo de miniaturización de estos objetos. Si a esto añadimos que, en la década de 1880, era ya factible introducir en espacios muy pequeños un mecanismo para la toma de fotografías, el resultado es la producción de sorprendentes cámaras, integradas en todo tipo de objetos algunos de los cuales pueden ser encontrados fácilmente, hoy en día, por los coleccionistas y/o curiosos.

Tras la 2ª Guerra Mundial vuelven a aparecer como cámaras espía, en objetos cada vez más pequeños y reales: cajas de cerillas, paquetes de tabaco con cigarrillos de verdad, mecheros y, para el público femenino, espejitos y polveras.

No sé si fue antes o después de esta moda, y tampoco sé si había visto o utilizado alguno de estos inventos pero hubo algún fotógrafo que hizo de la fotografía tomada a escondidas su sello. Dicen que Eric Salomon obtuvo un gran éxito con unas fotografías que tomó en un juzgado, con la cámara camuflada en su sombrero. Después de eso, comenzó a ganarse la vida como reportero. Le gustaba fotografiar a hurtadillas, sin que la gente se diera cuenta y posara. Sin flash, con disparador remoto y cámaras pequeñas. Este tipo de fotografía se conoce como candid photo. Y el título de su libro, publicado en 1931, lo dice todo: Contemporáneos célebres fotografiados en momentos inesperados.

 Eric Salomon. Aristide Briand señala a Salomon  exclama: “Ah! Le voilá! The king of the indiscreet!”. 1930

Se consideraba reportero y decía que, como tal, era necesaria una paciencia infinita, no ponerse nunca nervioso, estar al corriente de los acontecimientos y enterarse a tiempo de dónde se desarrollan. Si hace falta hay que recurrir a todo tipo de argucias, aunque no siempre salgan bien. En los años 30 era una celebridad; una década después, moría en las cámaras de gas de Austwich. Su historia es de las que merece la pena conocer y su talento de los que merece la pena recordar.

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