Animales de costumbres

marzo 8, 2012

Nunca he sido muy amante de los animales. A ver, jamás haría daño a otra criatura -aunque eso implique salir corriendo antes de enfrentarme a un saltamontes, por poner un ejemplo- pero no soy de las que tienen mascotas. Puedo visitarlos en el zoo, a pesar de que me da cierta pena verlos fuera de su hábitat, e incluso, en mayor o menor grado, los tolero alrededor.

No me importa acariciar la enorme cabezota de un labrador. Puedo acercar la mano al lomo de un caballo, siendo muy consciente de que muerden y cocean. Me fascina mirar muy cerca esa cara tan seria que tiene una tortuga. Pero los gatos me ponen nerviosa, difícilmente puedo mirar un hamster y pasar por el medio de una bandada de palomas -gracias, Alfred– me da taquicardia.

No obstante, una vez, hace tiempo, al llegar a casa y soltar las maletas, una pequeña bola peluda, con la que no contaba, me puso las patas sobre una rodilla mientras me miraba con carita de “¡me gustas!”. Todavía me sorprendo mirando al suelo a mi alrededor y echándola de menos.

Robin Schwartz (c) Tower. From Amelia´s World series. 2008-2011

Robin Schwartz (c) Breakfast talk, Rosie. From Amelia´s World series. 2008-2011

Robin Schwartz (c) Jenny, Amelia and Vicky. From Amelia´s World series. 2008-2011

Las fotografías que Robin Schwartz hace a su hija Amelia, son mágicas. Lejos de convertirse en un documento o cuaderno de campo sobre el comportamiento infantil con animales, son una suerte de aventura en la que fotógrafa y modelo se convierten en cómplices y transforman una situación excepcional en algo perfectamente normal.

Sorprende la actitud tranquila de la niña, el equilibrio de la composición, la belleza de la toma, ese universo fantástico en el que los animales coexisten de manera natural con el ser humano.

Sueños de adolescentes

febrero 13, 2012

Ha cerrado Nuevo Vale. Y hace unos meses, Super Pop dejaba el quiosco para editarse sólo en internet. Ambas marcaron la adolescencia de un montón de niñas con pavo, cuyo mayor interés era seguir las noticias de sus ídolos posicionándose con Spandau Ballet o Duran Duran. Vale, sí, estoy hablando de mí y recordando los posters, los clubs de fans, los cuestionarios, horóscopos e historias románticas-subidas-de-tono escritas por vete a saber qué redactor en prácticas. Instuctivas para la teenager en cuestión, de dudoso gusto para los padres y claramente preocupantes para las monjas, o los curas, en mi caso.

Y la cosa sería un drama sino fuera porque las revistas para adolescentes ya no son lo que eran. Y eso es así porque las adolescentes hoy, tampoco son lo que eran… De hecho, si ahora mismo tuviera que engancharme a una de ellas, elegiría RookieMag, la edición online de Tavi Gevinson, que más o menos va de lo mismo que las revistas para adolescentes de toda la vida pero es toda rosa y de diseño, dirigida a egobloggers, fashion victims y seres sociales, como corresponde a los tiempos que tocan.

Alessandra Sanguinetti (c) The conjurers, 2006. From the serie The adventures of Guille and Belinda and the enigmatic meaning of their dreams.

Alessandra Sanguinetti (c) Petals, 2002. From the serie The adventures of Guille and Belinda and the enigmatic meaning of their dreams.

Alessandra Sanguinetti (c) The models, 2002. From the serie The adventures of Guille and Belinda and the enigmatic meaning of their dreams.

Alessandra Sanguinetti ha pasado años fotografiando a sus primas, que viven en una granja en las afueras de Buenos Aires. Sus imágenes están llenas de inocencia y fantasía, las que pueblan las aventuras y el día a día de las chiquillas en un entorno modesto y, en ocasiones, deprimente. En sus teatralizados sueños, las niñas nos ofrecen sus expectativas sobre la vida adulta, esa a la que van a llegar antes de esperarlo y sin estar preparadas (¿¡quién lo está!?). Sus imaginativas poses y disfraces, las oníricas composiciones, la poco favorecedora iluminación nos hablan también de temores, de miedos y de fragilidad, con pocas concesiones a sentimentalismos.

Más adolescentes, con y sin pavo, creciendo, madurando y convirtiéndose en mujeres aquí, aquí y aquí. Y, por cierto, de verdad, de verdad, de verdad, si os los habéis pasado, no dejéis de ver los vídeos…

Otro año a cuestas

enero 9, 2012

No hay navidad que no me pille por sorpresa. Llega la Nochebuena y no he enviado una sola felicitación, no he comprado turrón, no tengo regalos (y tampoco idea de por dónde empezar) ni planes para esos días. Sólo tengo, eso sí, un arbol de navidad minimalista por, digamos, concesión a la insistencia infantil.

Así que me pillan las fiestas abriéndome paso a codazos en un centro comercial repleto en busca del último Nenuco (sí, gentes de mi generación, aún lo fabrican) y derrapando con el carro de la compra hasta arriba cual camello del rey Gaspar que, dicho sea de paso, es nuestro favorito.

Alain Delorme (c) Totem #7

Alain Delorme (c) Totem #9 y Totem #3

Lo de arriba, podría parecer una imagen de mí misma en pleno frenesí consumista cuando, es obvio, la realidad es otra. Alain Delorme practica una fotografía que documenta las pilas de objetos que un hombre es capaz de acarrear en precario equilibro bajo el colorido cielo de Shangai. Partiendo de ejemplos reales, juega aumentando la carga de manera inverosímil en una colorista comparación entre ésta y la sensación de acumulación y vértigo que le produce la sociedad china.

Así, objetos cotidianos, sin valor, adquieren forma escultural y cambian su estatus por el de algo artístico, en una sorprendente metáfora sobre el consumismo, el desarrollo y los oficios tradicionales en vías de desaparición.

Andaba yo con mi bloqueo creativo a cuestas, ese que ya he contado por aquí, cuando me dice Santiago que está preparando un libro solidario y que quiere una foto mía. No mía de mí misma, claro, sino una… me da reparo decirlo… obra mía. Y allá que me pongo. Aunque hace años que mis únicas obras son imágenes familiares sin nada de artístico. Porque a Santiago no le digo que no, faltaría más, es mucho el cariño que nos une. Aunque no tenga ni idea de por dónde empezar.

Desde que le conozco, hace ya mucho tiempo -pero de ese que no pesa-, nos envía una felicitación navideña inspirada en el universo de Peter Pan. Este año, ha reunido esos poemas en Canciones de Navidad del País de Nunca Jamás, un libro editado por La Discreta e ilustrado por algunos familiares y amigos, cuya recaudación se destina íntegramente al proyecto de Acción Alegra.

Espero que no le importe que enseñe aquí esta fotografía; no puedo contener la ilusión que me hace formar parte de este libro y el agradecimiento de compartir la amistad de Santiago. Y espero que sirva para que alguien sienta curiosidad y piense que este libro puede ser un maravilloso regalo. Eso ha sido para mí elegir la imagen, trabajarla y verla impresa junto a su nombre, su poesía y el trabajo de algunos amigos, suyos y míos, tan queridos.

 

 Ana María Martín López (sí, yo) (c) Ni un dedal, ni una bellota. Publicada en Canciones de Navidad del País de Nunca Jamás. Ediciones La Discreta. 2011.

Y aprovechando este pasito, que necesito hacer algo creativo e incentivos para llevar el día a día, he hecho el firme propósito -y lo estoy cumpliendo- de fotografiar más a menudo. Así, me ilusiona presentaros mi nuevo blog, uno que sólo lleva imágenes, las mías, de lo que se me pone ante la cámara y me llama la atención. No tengo grandes aspiraciones. Sólo enfocar y disparar a menudo. Divertirme. Aprender de lo que voy haciendo. No es poco.

Espero de verdad que os guste y que, si pasáis por ahí, volvais a menudo y me dejéis vuestros comentarios.

Muñecas

diciembre 12, 2011

Nunca he tenido una Barbie. Su perfecta belleza me parece fría y sus medidas como… no sé, poca cosa. Una Nancy, con su melena rubia a lo ángel de Charlie, era mi inseparable compañera. Incluso cuando se le cayó la cabeza y mi madre la arregló con un tapón de corcho y unas cintas de seda -como lo oyes-, seguía jugando con ella. De su extenso guardarropa recuerdo un chubasquero color teja, con pañuelito y botas de agua a juego; un traje largo de noche de estampado psicodélico en el bajo y la bata de cola que, en un arranque de creatividad sin precedentes le tejió mi abuela.

Sí, he dicho bien, porque el modelito en cuestión estaba hecho de lana amarilla con ribetes en verde botella. Después de aquello, no hubo más incursiones de mi abuela en el mundo del diseño. Para bien. Mientras, a mí ya me había picado el gusanillo de la moda sin remedio. Hasta hoy.

Alain Delorme (c) Lilou y Anna. De su serie Little Dolls.

Alain Delorme (c) Angèle y Tara. De su serie Little Dolls.

Alain Delorme fotografía muñecas. ¿O no lo son? Este autor francés retoca sus fotografías dando a las pequeñas una apariencia artificial que las asemeja a figuras irreales en las que se condensan los estereotipos de belleza occidentales. Así, las niñas se convierten en objetos de consumo, sujetadas por manos adultas, que las muestran como productos tan “de mentira” como las coloreadas tartas que tienen delante. Además, la limpieza de la luz, la saturación de los colores y su combinación, contribuyen a crear esa apariencia de fantasía.

No en vano, el fotógrafo hace mención y relaciona su obra con los concursos de belleza infantil en los que las niñas adoptan la estandarizada apariencia y actitud de muñecas dotándolas de una feminidad que, incluso, resulta incómoda para el que mira.

Susan Anderson (c) De su serie High Glitz

Susan Anderson (c) De su serie High Glitz

Susan Anderson ha retratado este mundo a la perfección. Highglitz muestra la colorida y hortera realidad de los concursos de belleza infantiles norteamericanos, ese microcosmos delirante poblado de pequeñas barbies,  a través de sus protagonistas y los detalles que las rodean. Me horroriza y me fascina al mismo tiempo que se convierta a niñas que deberían jugar con muñecas -no convertirse en ellas- en el centro de una industria para la que hay un público.

Sencillo. Tierno. Delicioso

noviembre 29, 2011

Algunas mañanas, de camino al colegio -un sencillo edificio de cuatro plantas en una transitada calle de barrio-, hacíamos un alto en la panadería de al lado. Todo colegio que se precie, incluso los pequeños, tiene su panadería de referencia -aunque ahora haya que hablar de chino de referencia-. En cualquier caso, entonces, los que no llevábamos bocata ese día por descuido o hastío de nuestra sufrida madre, nos encontrábamos con nuestros cinco duros en el modesto y fragante local, alumbrado por una pobre bombilla. O, al menos, así lo recuerdo.

El almuerzo para el recreo solía consistir en un donuts -las panteras rosas, bucaneros, bonys y demás zarandajas eran una excepción propia de, como mucho, el fin de semana-, que la panadera colocaba con diligencia en un modesto papel marrón doblado al que, simplemente, retorcía sus esquinas. Ya podías tener cuidado para que no se saliera por los lados de tan escueto envoltorio.

El olor del dulce en la cajonera te acompañaba toda la mañana mientras el calor y el azúcar impregnaban el papel, dejando un perfecto círculo pegajoso en el lugar en el que se apoyaba. Y qué gusto dar furtivos pellizquitos a la suave masa cuando la seño explicaba de espaldas a la clase en la pizarra.

Sencillo. Tierno. Delicioso.

Elly MacKay (c) He knew they would agree

Elly MacKay (c) Oh where will you travel to

Elly MacKay (c) He marked the day

Exactamente igual que el trabajo de Elly MacKay. Esta ilustradora canadiense realiza composiciones a pequeña escala, empleando capas de papel colocadas en diversos planos que ilumina y, posteriormente, fotografía. Así, dota a estos “teatros” de una atmósfera característica en la que desarrolla temas relacionados con la infancia, con el paso del tiempo y con lo efímero consiguiendo un adorable toque vintage.

El mundo a mis pies

noviembre 23, 2011

Descubrí los tacones muy tarde. Estoy convencida de que mi madre tenía serias dudas sobre mi feminidad. Y ninguna fe en mi capacidad de andar sobre ellos, dicho sea de paso. “Por dios, hija, anda como una señorita. Vaya trancas que das”. Eso debo haberlo oído un millón de veces. Cuando son los tacones los que te llevan y tú te limitas a seguirles el ritmo. Como puedas. Si es que puedes.

Hasta que le coges el truco al asunto, y acabas pisando con tal energía que anuncias tu llegada.

Son incómodos, sí. Pero moverte a diez centímetros o más del suelo te hacen sentir bien -mi escaso metro sesenta y yo damos fe-. Incluso puedes mirar a mucha gente a los ojos. Y luego, está la parte de sentirse poderosa y sexy. Que no vamos a olvidar el componente fetichista del asunto, claro está.

Helmut Newton (c) Villa d´Este. Lago de Como

De eso, de lo del punto fetichista, digo,  Helmut Newton sabe un rato largo. Me refiero a las mujeres altivas, duras, de piernas interminables que fotografía y que incomodan a algunos. Son imágenes con una altísima carga erótica, pero de terminación exquisita y, en cierto modo, delicada al mismo tiempo.

Terry Richardson (c) Angela Lindvall con zapatos de Jimmy Choo

¡Y qué vamos a decir a estas alturas de Terry Richardson! Transgresor, provocativo, canalla. Las imágenes de este enfant terrible de la fotografía tienen una fuerte carga erótica que molesta a muchos y fascina a otros tantos. No es que su técnica no sea cuidada, es que no le presta demasiada atención. Sus fotografías son rápidas capturas de actitudes, a veces sórdidas, a veces íntimas, a veces gamberras. Quizá no sea un excelente fotógrafo desde el punto de vista de la técnica, -lo que podríamos discutir-, pero lo realmente interesante es lo que es capaz de conseguir de un modelo. Para eso, hay que tener un talento especial.