Otro año a cuestas
enero 9, 2012
No hay navidad que no me pille por sorpresa. Llega la Nochebuena y no he enviado una sola felicitación, no he comprado turrón, no tengo regalos (y tampoco idea de por dónde empezar) ni planes para esos días. Sólo tengo, eso sí, un arbol de navidad minimalista por, digamos, concesión a la insistencia infantil.
Así que me pillan las fiestas abriéndome paso a codazos en un centro comercial repleto en busca del último Nenuco (sí, gentes de mi generación, aún lo fabrican) y derrapando con el carro de la compra hasta arriba cual camello del rey Gaspar que, dicho sea de paso, es nuestro favorito.

Alain Delorme (c) Totem #7
Alain Delorme (c) Totem #9 y Totem #3
Lo de arriba, podría parecer una imagen de mí misma en pleno frenesí consumista cuando, es obvio, la realidad es otra. Alain Delorme practica una fotografía que documenta las pilas de objetos que un hombre es capaz de acarrear en precario equilibro bajo el colorido cielo de Shangai. Partiendo de ejemplos reales, juega aumentando la carga de manera inverosímil en una colorista comparación entre ésta y la sensación de acumulación y vértigo que le produce la sociedad china.
Así, objetos cotidianos, sin valor, adquieren forma escultural y cambian su estatus por el de algo artístico, en una sorprendente metáfora sobre el consumismo, el desarrollo y los oficios tradicionales en vías de desaparición.
Canciones de Navidad del País de Nunca Jamás
diciembre 21, 2011
Andaba yo con mi bloqueo creativo a cuestas, ese que ya he contado por aquí, cuando me dice Santiago que está preparando un libro solidario y que quiere una foto mía. No mía de mí misma, claro, sino una… me da reparo decirlo… obra mía. Y allá que me pongo. Aunque hace años que mis únicas obras son imágenes familiares sin nada de artístico. Porque a Santiago no le digo que no, faltaría más, es mucho el cariño que nos une. Aunque no tenga ni idea de por dónde empezar.
Desde que le conozco, hace ya mucho tiempo -pero de ese que no pesa-, nos envía una felicitación navideña inspirada en el universo de Peter Pan. Este año, ha reunido esos poemas en Canciones de Navidad del País de Nunca Jamás, un libro editado por La Discreta e ilustrado por algunos familiares y amigos, cuya recaudación se destina íntegramente al proyecto de Acción Alegra.
Espero que no le importe que enseñe aquí esta fotografía; no puedo contener la ilusión que me hace formar parte de este libro y el agradecimiento de compartir la amistad de Santiago. Y espero que sirva para que alguien sienta curiosidad y piense que este libro puede ser un maravilloso regalo. Eso ha sido para mí elegir la imagen, trabajarla y verla impresa junto a su nombre, su poesía y el trabajo de algunos amigos, suyos y míos, tan queridos.
Ana María Martín López (sí, yo) (c) Ni un dedal, ni una bellota. Publicada en Canciones de Navidad del País de Nunca Jamás. Ediciones La Discreta. 2011.
Y aprovechando este pasito, que necesito hacer algo creativo e incentivos para llevar el día a día, he hecho el firme propósito -y lo estoy cumpliendo- de fotografiar más a menudo. Así, me ilusiona presentaros mi nuevo blog, uno que sólo lleva imágenes, las mías, de lo que se me pone ante la cámara y me llama la atención. No tengo grandes aspiraciones. Sólo enfocar y disparar a menudo. Divertirme. Aprender de lo que voy haciendo. No es poco.
Espero de verdad que os guste y que, si pasáis por ahí, volvais a menudo y me dejéis vuestros comentarios.
Muñecas
diciembre 12, 2011
Nunca he tenido una Barbie. Su perfecta belleza me parece fría y sus medidas como… no sé, poca cosa. Una Nancy, con su melena rubia a lo ángel de Charlie, era mi inseparable compañera. Incluso cuando se le cayó la cabeza y mi madre la arregló con un tapón de corcho y unas cintas de seda -como lo oyes-, seguía jugando con ella. De su extenso guardarropa recuerdo un chubasquero color teja, con pañuelito y botas de agua a juego; un traje largo de noche de estampado psicodélico en el bajo y la bata de cola que, en un arranque de creatividad sin precedentes le tejió mi abuela.
Sí, he dicho bien, porque el modelito en cuestión estaba hecho de lana amarilla con ribetes en verde botella. Después de aquello, no hubo más incursiones de mi abuela en el mundo del diseño. Para bien. Mientras, a mí ya me había picado el gusanillo de la moda sin remedio. Hasta hoy.
Alain Delorme (c) Lilou y Anna. De su serie Little Dolls.
Alain Delorme (c) Angèle y Tara. De su serie Little Dolls.
Alain Delorme fotografía muñecas. ¿O no lo son? Este autor francés retoca sus fotografías dando a las pequeñas una apariencia artificial que las asemeja a figuras irreales en las que se condensan los estereotipos de belleza occidentales. Así, las niñas se convierten en objetos de consumo, sujetadas por manos adultas, que las muestran como productos tan “de mentira” como las coloreadas tartas que tienen delante. Además, la limpieza de la luz, la saturación de los colores y su combinación, contribuyen a crear esa apariencia de fantasía.
No en vano, el fotógrafo hace mención y relaciona su obra con los concursos de belleza infantil en los que las niñas adoptan la estandarizada apariencia y actitud de muñecas dotándolas de una feminidad que, incluso, resulta incómoda para el que mira.
Susan Anderson (c) De su serie High Glitz
Susan Anderson (c) De su serie High Glitz
Susan Anderson ha retratado este mundo a la perfección. Highglitz muestra la colorida y hortera realidad de los concursos de belleza infantiles norteamericanos, ese microcosmos delirante poblado de pequeñas barbies, a través de sus protagonistas y los detalles que las rodean. Me horroriza y me fascina al mismo tiempo que se convierta a niñas que deberían jugar con muñecas -no convertirse en ellas- en el centro de una industria para la que hay un público.
Sencillo. Tierno. Delicioso
noviembre 29, 2011
Algunas mañanas, de camino al colegio -un sencillo edificio de cuatro plantas en una transitada calle de barrio-, hacíamos un alto en la panadería de al lado. Todo colegio que se precie, incluso los pequeños, tiene su panadería de referencia -aunque ahora haya que hablar de chino de referencia-. En cualquier caso, entonces, los que no llevábamos bocata ese día por descuido o hastío de nuestra sufrida madre, nos encontrábamos con nuestros cinco duros en el modesto y fragante local, alumbrado por una pobre bombilla. O, al menos, así lo recuerdo.
El almuerzo para el recreo solía consistir en un donuts -las panteras rosas, bucaneros, bonys y demás zarandajas eran una excepción propia de, como mucho, el fin de semana-, que la panadera colocaba con diligencia en un modesto papel marrón doblado al que, simplemente, retorcía sus esquinas. Ya podías tener cuidado para que no se saliera por los lados de tan escueto envoltorio.
El olor del dulce en la cajonera te acompañaba toda la mañana mientras el calor y el azúcar impregnaban el papel, dejando un perfecto círculo pegajoso en el lugar en el que se apoyaba. Y qué gusto dar furtivos pellizquitos a la suave masa cuando la seño explicaba de espaldas a la clase en la pizarra.
Sencillo. Tierno. Delicioso.
Elly MacKay (c) He knew they would agree
Elly MacKay (c) Oh where will you travel to
Elly MacKay (c) He marked the day
Exactamente igual que el trabajo de Elly MacKay. Esta ilustradora canadiense realiza composiciones a pequeña escala, empleando capas de papel colocadas en diversos planos que ilumina y, posteriormente, fotografía. Así, dota a estos “teatros” de una atmósfera característica en la que desarrolla temas relacionados con la infancia, con el paso del tiempo y con lo efímero consiguiendo un adorable toque vintage.
El mundo a mis pies
noviembre 23, 2011
Descubrí los tacones muy tarde. Estoy convencida de que mi madre tenía serias dudas sobre mi feminidad. Y ninguna fe en mi capacidad de andar sobre ellos, dicho sea de paso. “Por dios, hija, anda como una señorita. Vaya trancas que das”. Eso debo haberlo oído un millón de veces. Cuando son los tacones los que te llevan y tú te limitas a seguirles el ritmo. Como puedas. Si es que puedes.
Hasta que le coges el truco al asunto, y acabas pisando con tal energía que anuncias tu llegada.
Son incómodos, sí. Pero moverte a diez centímetros o más del suelo te hacen sentir bien -mi escaso metro sesenta y yo damos fe-. Incluso puedes mirar a mucha gente a los ojos. Y luego, está la parte de sentirse poderosa y sexy. Que no vamos a olvidar el componente fetichista del asunto, claro está.
Helmut Newton (c) Villa d´Este. Lago de Como
De eso, de lo del punto fetichista, digo, Helmut Newton sabe un rato largo. Me refiero a las mujeres altivas, duras, de piernas interminables que fotografía y que incomodan a algunos. Son imágenes con una altísima carga erótica, pero de terminación exquisita y, en cierto modo, delicada al mismo tiempo.
Terry Richardson (c) Angela Lindvall con zapatos de Jimmy Choo
¡Y qué vamos a decir a estas alturas de Terry Richardson! Transgresor, provocativo, canalla. Las imágenes de este enfant terrible de la fotografía tienen una fuerte carga erótica que molesta a muchos y fascina a otros tantos. No es que su técnica no sea cuidada, es que no le presta demasiada atención. Sus fotografías son rápidas capturas de actitudes, a veces sórdidas, a veces íntimas, a veces gamberras. Quizá no sea un excelente fotógrafo desde el punto de vista de la técnica, -lo que podríamos discutir-, pero lo realmente interesante es lo que es capaz de conseguir de un modelo. Para eso, hay que tener un talento especial.
Soy fan
noviembre 9, 2011
No tengo oido para la música. Y de mi sentido del ritmo, mejor no hablamos. A pesar de ello, me gustan ambas cosas. Mucho. Gracias, en parte, a que siempre ha habido música en casa. Desde que era pequeña, recuerdo pilas de cintas de casette de todos los estilos. Infantil también, pero no era lo único que escuchábamos. Por eso, y porque mi tío trabajaba en una fábrica de discos y nos traía una buena cantidad de ellos de vez en cuando, descubrimos a grupos tan dispares como Dire Straits, Simple Minds o los Beach Boys. Y a intérpretes tan diferentes como Elvis o Miles Davis.
Pero si hablamos de música, nada, absolutamente nada, ha tenido tanto impacto en mí como la imagen del primer videoclip que creo haber visto. Seguro que recordarlo (o verlo, si no lo conocéis, que me extraña) os hace sonreir. A mis escasos 13 años, me dejó boquiabierta. Un aspirador y así, sin más, Freddie Mercury entrando en escena con su tremendo bigotazo y pelucón, minifalda de cuero, piernas que-para-mi-las-quisiera, liguero, tacones y un ajustadísimo jersey rosa, reivindicando la liberación femenina. El resto de la tropa no tiene tampoco desperdicio. Transgresor, divertido, kitsch.
Pienso que Queen es la mejor banda de la historia, afirmación que, por supuesto, es discutible. Y así y todo, no me considero mitómana ni he sido nunca una de esas fans enfervorizadas. Lo más cerca que estuve de ello tuvo que ver con cierto grupo de los ochenta, pero eso es otra historia…
Ophelia Wynne (c) Underage festival.
Ophelia Wynne (c) Underage festival
El trabajo de Ophelia Wynne podría clasificarse como documento social. Sus modelos son los adolescentes, sus patrones culturales y cómo expresan su identidad a través de su aspecto físico. Son fotografías frescas, coloristas, divertidas y dinámicas, que nos hacen pensar en el joven que (afortunadamente) hace mucho fuimos.
Un reflejo tuyo
noviembre 4, 2011
Hace algunos meses nos hicieron unas fotos institucionales. Con fotógrafo profesional, de los que llevan asistente y todo. Y pocas cosas me parecen más complicadas que mirar a cámara e intentar ser tú mismo en una situación así. Explícanos algo, te dicen. Y te pones a gesticular con la certeza de que nada bueno va a salir de allí. Mientras más expresivo, peor. Mientras más te aplicas, más difícil te resulta reconocerte luego. De hecho, no nos reconocíamos después… y no sólo por el toque de photoshop que intuíamos.
En una situación así, siempre me acuerdo de los estudios fotográficos de finales del siglo XIX, en los que el fotógrafo prácticamente sometía a tortura al modelo. El resultado eran imágenes estereotipadas, sin un atisbo de naturalidad. Una mezcla de preocupación y asombro. La incomodidad de la silla, el tamaño de la cámara, los largos tiempos de exposición y la cantidad de luz hacían de aquello una experiencia muy poco grata. Algunos modelos, poco o nada acostumbrados a su imagen, no se reconocían o no se aceptaban. O ambas cosas.
Y es que parece una tontería pero ver una imagen tuya y decir, ah, mira, soy yo y estoy muy bien, no es fácil. Hay muchas personas a las que les incomoda verse en una fotografía o en un video. Sé bien porqué lo digo. No sólo es una cuestión de autoestima. También tiene que ver con enfrentarte a cómo te ven los demás.
Jen Davis (c) Sin título 11. 2005
Jen Davis (c) Untitled 7. 2004
Jen Davis (c) Steve and I. 2006
Por eso, admiro a los fotógrafos que se autorretratan y, en algunos casos, me parecen muy valientes. Jen Davis no tiene una belleza al uso. Su cuerpo no encaja con los cánones actuales. Sin embargo, sus imágenes tienen una curiosa y melancólica belleza con las que explora su lugar en el mundo, su identidad y su dificultad para encajar. Te mira de frente, no sonríe, y sientes su incomodidad… y la tuya. Las situaciones más normales adquieren una nueva perspectiva, la que te ofrece su mirada, provocando en el que mira una especie de extrañeza, consecuencia de ese choque entre lo íntimo y lo público.
Decíamos ayer…
octubre 31, 2011
Desde que andaba preparando mi cartera han pasado muchas cosas. De todo ello me he ido enterando por esos timelines de dios. Bueno, no de todo. Lo que me habré perdido, absorta como ando en rellenar formularios, pagar tasas, recoger documentos y pelear con la administración sin perder la sonrisa, el ánimo o la paciencia. Que mira que cuesta.
Y así, de papel en papel, nos hemos plantado de nuevo en Halloween.
Quien me dedique un solo minuto de su tiempo sabe que esta festividad adoptiva no me hace muy feliz. Que no se enteren mis vecinos pero el año pasado, los primeros “truco o trato” me pillaron sin chuches en casa. Así que hubo que improvisar, echando mano de unas chocolatinas que llevaba tiempo viendo por los cajones. Sólo tras haberlas colocado en las cestitas de las brujas, vampiros, momias y zombies que llamaron a mi puerta, me di cuenta, cielosanto, de que habían caducado hacía meses. Glups.
Este año, previsora que es una, ya he preparado los caramelos. Comprobando, claro está, que la fecha de caducidad es larga. Muy larga.
Denise Grünstein (c) Editorial.
Denise Grünstein es una de las fotógrafas más conocidas en Suecia. Como ya la traje aquí, poco más puedo contar, salvo insistir en que sus imágenes son teatrales, misteriosas e inquietantes. Con ciertos toques surrealistas y aspecto empolvado que las hacen muy adecuadas para estas fechas.
Y no, no voy a decir que he vuelto. Nunca me fui…
Preparando la cartera
agosto 31, 2011
Aprendí a leer con poco más de cuatro años. Seguro que hubo otros antes, de hecho recuerdo un par de ellos, pero el primer libro que tengo conciencia de haber leido fue “Platero y yo”.
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro
Sí, en el parvulario. No sé qué pensaron en el colegio al escogerlo porque, a pesar de que he olvidado los detalles, tengo muy presente la enorme tristeza que me produjo aquella lectura. A pesar de ello, mi seño Mamen y mi seño Vicky (aquella rubia que olía siempre a Poison de YSL) supieron despertar un amor por la lectura que aún dura.
Algo más mayor, no mucho, abrieron un biblioteca municipal en los bajos de mi casa. Habré pasado horas en aquel sótano con olor a humedad en el que estaba la sección de literatura juvenil: comics de Astérix, Tintín, El pequeño Nicolás, Julio Verne, Guillermo el travieso… En algún momento había leído todos los libros de la sala. Pero las lecturas que recuerdo con mayor cariño son las de Enid Blyton. Los cinco, claro; pero mis favoritas eran, sin duda, las series de Santa Clara y Torres de Malory que me hacían desear estudiar en un internado inglés y aprender a jugar lacrosse. Series reeditadas en preciosos tomos que vi el otro día en la Fnac y que piden con ojillos implorantes que me las lleve a casa como autoregalo.
David Williams (c) De su serie From no man´s land. 1985.
Me he acordado hoy de todo eso por las fotografías de David Williams, con quien empecé el verano que se acaba mañana. Este fue uno de sus primeros proyectos, al que dio forma durante varios meses en Saint Margaret School for girls en Edimburgo, durante 1984. La galería es tan extensa y coherente que resulta difícil escoger sólo una imagen. Superada la idea de que se trata de un extenso catálogo de retratos ochenteros, resulta muy interesante la profundidad psicológica de las fotografías y la rigurosa documentación del paso de la niñez a la adolescencia.
Y me he acordado de esto también porque mañana, un año más, yo también empiezo el cole y, como cada año, no sé qué me traerá este nuevo curso que empiezo con insomnio y un pellizco en el estómago. Exactamente igual que como cada año, desde que llevaba cartera y los libros nuevos forrados con plástico transparente.
Están para comérselos
agosto 27, 2011
Sin duda, el sabor del verano que va acabando ha sido el de brioche de naranja. Lo preparan en La Gelateria, muy cerquita de casa. Pero donde mejores helados he comido no ha sido ahí sino en Los Valencianos, en La Antilla. Quizá los sabores sean más clásicos pero sus helados son cremosos, suaves y conseguidos. Como en ningún otro sitio que conozco. Y soy golosa.
Toyokazu Nagano(c) I scream
Toyokazu Nagano(c) Afro girl with cotton candy.
Toyokazu Nagano es japonés, fotógrafo y padre de familia. Cada una de esas tres cosas es importante en el tipo de fotografía que hace. Son imágenes familiares, de sus hijas, pero muy especiales. Son dulces, encantadoras, cándidas. Captan a la perfección la inocencia de la infancia y sus pequeños gestos. De asombro, ante el helado más grande del mundo, de aburrimiento por una tarde en casa, de ilusión por una situación inesperada, de diversión durante un juego, de picardía pensando en la siguiente travesura… Las pequeñas modelos no pueden ser más expresivas, ni más adorables.
Pero ¿Será el fótografo o sus niños? ¿Quién tiene más mérito?
Hideaki Hamada (c) Camera life#3. 2010.
Porque las fotografías de Hideaki Hamada , que también ha decidido documentar el día a día de sus hijos y compartirlo, son de concepción y resultado similares. Y hace tiempo fueron muy comentadas las alocadas composiciones que Jason Lee prepara con sus hijas.
Jason Lee (c) Wash your mouth out.
Estos particulares álbumes de familia parten muchas veces de ideas sencillas. Y, normalmente, el mensaje es simple y directo pero, casi siempre, el derroche de imaginación con el que se preparan y el amor que transmiten llegan con enorme fuerza y son universales. Hacen sonreir y emocionan. Te hacen pensar con nostalgia tu infancia más feliz. ¿Quién no se recuerda saltando en el sofa, comienzo algodón de azúcar o fastidiando a su hermano?
Respecto a mis fotografías familiares, por aquello de la privacidad, no creo que me sintiera muy cómoda mostrándolas en la red; siempre pienso dos veces qué digo de mí antes de enseñar algo personal o que me importe especialmente. Pero también es cierto que las fotografías que hago no se parecen demasiado a estas.
Photodonuts es una fuente de inspiración inagotable.

























